“La Otra mujer y el enigma de la feminidad”: de Dora a Lacan

Por Laura de Blas Padilla

Mi planteamiento con este trabajo consiste en realizar un breve recorrido que parte de la pregunta “¿qué es una mujer?” y de la cuestión de la Otra mujer, para llegar al encuentro con la feminidad. Para ello, me apoyaré en el caso Dora y en la conocida formulación de Lacan: “La mujer no existe”.

Como venía adelantando, en el caso Dora, Freud va descubriendo —a través de la escucha de la joven histérica, del análisis de sus sueños y de la conocida escena del lago— que la pregunta por cómo hacerse desear por un hombre, encarnada especialmente en la señora K., se encuentra en la matriz de sus síntomas. Dora no solo se interroga por el deseo del hombre, sino por aquello que hace que una mujer sea deseable para él.

En la escena del lago, cuando el señor K. le declara su amor y le dice que su mujer no significa nada para él, Dora responde con una bofetada. Este momento resulta especialmente significativo: no se trata únicamente de rechazar la proposición del señor K., sino de que, al despreciar a su mujer, hace caer a la señora K. como referente de feminidad. Es precisamente en ese punto donde la escena se rompe para Dora.

Sin embargo, lecturas posteriores de este caso han señalado que la interrupción del análisis podría estar relacionada con que Freud no sostuvo hasta el final la importancia que tenía para Dora la señora K. y, con ella, la pregunta por la feminidad. En este sentido, el acento quedó más puesto en el amor al señor K., al padre e incluso al propio Freud, que en la función que la señora K. venía a ocupar para Dora.

Desde la lectura que hará posteriormente Lacan, la señora K. no ocupa solamente el lugar de rival amorosa, sino el lugar de la Otra mujer: aquella en la que Dora supone un saber sobre qué es ser una mujer y cómo volverse deseable para un hombre. La cuestión no sería tanto el amor al señor K., sino la fascinación por aquello que la señora K. parece encarnar, como si en ella hubiera una respuesta a la pregunta por la feminidad.

En este punto aparece la formulación lacaniana de que “La mujer no existe”, entendiendo con ello que no hay un significante universal capaz de definir qué es una mujer de una vez y para siempre. No existe una respuesta completa ni una esencia femenina universalizable. Frente a ese vacío estructural, cada mujer tendrá que encontrar una manera singular de situarse respecto a su feminidad.

La posición histérica intenta, precisamente, evitar el encuentro con ese vacío, sosteniendo la suposición de que hay otra mujer que sí sabría qué es ser una mujer. Por eso la Otra ocupa una función central: encarna la ilusión de un saber sobre lo femenino. Sin embargo, cuanto más se busca en la Otra una definición de La Mujer, más fácilmente aparecen fenómenos como la rivalidad, la envidia entre mujeres o las identificaciones imaginarias.

La cuestión femenina queda entonces desplazada hacia una comparación constante con la otra, alejándose de la posibilidad de un encuentro singular con la propia feminidad. Se trata de una lógica que mantiene viva la pregunta, pero al precio de no poder encontrar una respuesta propia.

Desde esta perspectiva, un análisis implicaría también atravesar ese rechazo de lo femenino, entendido no como una identidad fija, sino como aquello que no puede terminar de nombrarse ni completarse del todo. Tal vez el encuentro con la feminidad comience justamente allí donde cae la ilusión de que exista una Otra que tenga la respuesta.

En este punto cabe preguntarse qué transformación se produce en un análisis. En un primer momento, es frecuente que la escena se organice en torno a la rivalidad o fascinación entre mujeres, donde la Otra aparece como aquella que parece saber qué es ser deseable. Esta lógica imaginaria sostiene gran parte del malestar histérico, en la medida en que el sujeto se compara constantemente con esa Otra.

Sin embargo, en el trabajo analítico no se trata simplemente de reducir la rivalidad, sino de hacer visible su función: sostener la pregunta por el deseo del Otro. Es decir, la Otra no es solo un obstáculo, sino también un modo de organizar la pregunta.

Tal vez esta hubiera sido una de las preguntas a sostener en el caso Dora. Y cuando esa escena pierde consistencia, no aparece una respuesta sobre qué es una mujer, sino la caída de la idea de que exista alguien que la posea.

Es entonces cuando puede producirse un giro fundamental: dejar de situar a la Otra como referencia y comenzar a interrogar la propia posición en el deseo. Este paso no implica encontrar una definición de la feminidad, sino poder sostener que no la hay como universal.

El análisis abre así la posibilidad de pasar de la pregunta por lo que el Otro quiere o sabe, a una relación más singular con el propio deseo, sin garantía en la figura de la Otra.

En este recorrido, resulta fundamental la función del analista en el encuentro con la feminidad, entendida como algo singular en cada mujer y que nunca puede responderse del todo. Para ello, el analista no puede ocupar el lugar de la Otra que sabe, sino más bien sostener un espacio donde ese supuesto saber pueda caer, permitiendo al sujeto encontrarse con su propia posición deseante.

 Junio 2026

Bibliografía:

Freud, S. (1905). Fragmento de análisis de un caso de histeria (Caso Dora).

Lacan, J. (1972-1973). Seminario XX: Aún.

De Francisco, M. (2026). El amor y sus enigmas. UNSAM Edita.

Soler, C. (2006). Lo que Lacan dijo de las mujeres. Buenos Aires: Paidós.

Vucínovich, Nicolás y Otero Rodríguez, Juan (2015). «Dora según Lacan». Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 35, nº 126, pp. 355-366.

Laura
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